El fiscal que llevó a un expresidente mexicano a juicio

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Consiguió lo que nadie: sentar en el banquillo de los acusados a un expresidente mexicano. Sin embargo, Ignacio Carrillo Prieto no quedó satisfecho.

“Fue uno de los trabajos más amargos que he tenido en toda mi vida”, dijo el abogado que como fiscal especial para investigar delitos del pasado logró que se enjuiciara por genocidio a Luis Echeverría Álvarez, presidente de México entre 1970 y 1976.

A Echeverría se lo acusó de dos masacres, la de la Plaza de Tlatelolco, en 1968, cuando era secretario de Gobernación y responsable de la política interna, y la del Jueves de Corpus, en 1971, ya como mandatario. Por su edad no pisó la cárcel y estuvo bajo prisión domiciliaría hasta que al final fue exonerado por los tribunales.

Hoy la Fiscalía para delitos del pasado ya no existe, Carrillo Prieto es investigador de la principal universidad pública y Echeverría, de 96 años, vive en la Ciudad de México sin ningún proceso judicial más en su contra, aunque en la mente de muchos sigue siendo responsable de uno de los episodios más trágicos de la historia del país.

A 50 años de la masacre de Tlatelolco, algunos grupos y exlíderes estudiantiles de 1968 dicen que se debería reabrir la fiscalía y retomar el trabajo de Carrillo Prieto.

A continuación, The Associated Press hace un breve repaso de la vida y el trabajo del hombre que se volvió la némesis de Echeverría.

México, 1968. Mientras en París protestaba la juventud, en Estados Unidos pugnaban por los derechos civiles y en Checoslovaquia se desenvolvía la Primavera de Praga, en la capital mexicana se desarrollaba un movimiento estudiantil que exigía libertades y tomaba las calles. Entre quienes iban a las manifestaciones estaba Ignacio Carrillo Prieto.

“De alguna manera estábamos expresando algo que estaba en el fondo de la conciencia de muchísimos mexicanos”, dijo a la AP hace unos meses. “Era el momento de recuperar la voz y de quitársela a aquellos a quienes se les había confiado el poder”.

Era estudiante de derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y de filosofía en la Universidad Iberoamericana, una escuela privada y dirigida por jesuitas.

“La desobediencia es a veces moralmente obligatoria”, consideró.

El movimiento estudiantil terminó el 2 de octubre de 1968 cuando los militares reprimieron una manifestación en la Plaza de Tlatelolco, en el centro de la capital. En el lugar murieron decenas de estudiantes y civiles. Nunca se dio una cifra oficial y las estimaciones varían entre 25 y 350 muertos.

Echeverría fue señalado de haber concebido y tenido bajo su control la ejecución de la masacre. En esa época era el secretario de Gobernación, es decir, el responsable de la política interior y la seguridad del país. Dos años después fue electo presidente por seis años. En 1971 ocurriría la otra masacre estudiantil, la del Jueves de Corpus.

Sus críticos también consideran que Echeverría es uno de los ejecutores de la llamada “guerra sucia”, una campaña contrainsurgente en la que soldados ejecutaron y desaparecieron a presuntos guerrilleros, izquierdistas y civiles que fue particularmente intensa en la década de 1970.

Aquella “guerra sucia” marcó a Carrillo Prieto: su prima Dení Prieto Stock, una militante del grupo guerrillero Fuerzas de Liberación Nacional, murió tras un asalto militar a la casa de seguridad donde se encontraba. Era 1974 y tenía 19 años. El exfiscal asegura que quienes estaban ahí se rindieron, incluida Dení, pero el ejército los asesinó.

En la historia mexicana contemporánea, los expresidentes mexicanos habían sido prácticamente intocables.

Vicente Fox, que en 2000 se convirtió en el primer presidente procedente de la oposición, creó la llamada Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado o FEMOSPP. Aunque algunos le sugerían formar una comisión de la verdad, Fox se inclinó por una fiscalía. Quería, decía, buscar no sólo la verdad histórica de los crímenes del pasado sino castigar a los responsables.

Y escogió a Carrillo Prieto, un abogado de profesión que había ocupado algunas posiciones en áreas jurídicas de la Secretaría de Gobernación y de la Procuraduría General de la República.

Por su pasado podría decirse que Carrillo Prieto tenía cuentas con Echeverría, aunque asegura que como fiscal nunca actuó buscando venganza.

“Tenía una promesa, un compromiso conmigo mismo”, dijo. “No podía haber ninguna cosa personal que interfiriera, porque eso era traicionar precisamente la memoria de Dení, al hacer del instrumento legal un arma arrojadiza”.

Carrillo Prieto no sólo se atrevió a acusar al exmandatario, sino que además le formuló cargos por genocidio, un delito de lesa humanidad que nunca se había perseguido en México. Dice que no faltó quién se burlara de él. “¡Uy, sí, como Hitler!”, “¡Ay, por favor, Nacho!”, cuenta que le decían.

“Tengo la impresión de que a él le dieron el nombramiento y fue como un gallo de pelea que lo tiran al ruedo y de pronto se encuentra con un palenque hostil”, dijo a AP Félix Hernández Gamundi, uno de los líderes del movimiento estudiantil en 1968. “Creo que el fiscal tuvo muchos méritos, hizo un trabajo del cual estaba convencido, pero le faltó apoyo de las altas esferas del poder, porque comenzó a afectar intereses”.

Carrillo Prieto ha dicho que sintió una falta de apoyo del mismo presidente que lo había nombrado. El exfiscal dijo a AP que apenas dos años después de haber sido designado, Fox le preguntó cuándo cerraría la fiscalía. “Le dije: ‘señor presidente… como dijo aquel famoso del deporte del diamante: esto se acaba cuando se termina, no antes’”.

Sin embargo, el último día de su mandato, el 30 de noviembre de 2006, el gobierno de Fox anunció el cierre de la Fiscalía bajo el argumento de que era momento de que la Procuraduría atendiera otros delitos que dañaban a la sociedad en ese momento. Ahí terminaba la travesía de Carrillo Prieto.

El expresidente Fox no contestó a un correo de la AP con preguntas sobre el exfiscal y su trabajo.

Carrillo Prieto procede de una familia cuya historia ha quedado registrada en los anales de la política mexicana por enfrentarse al poder.

Su abuelo materno fue Jorge Prieto Laurens, un político mexicano de la primera mitad del siglo XX que fue presidente de la Cámara de Diputados y es conocido, entre otras cosas, por haberse atrevido a criticar, en 1923, al entonces presidente Álvaro Obregón por lo que algunos consideraban sus deseos de imponer al candidato que lo sucedería en el poder. Ese episodio es visto como uno de los antecedentes que animó una rebelión -finalmente contenida- contra Obregón, uno de los héroes de la revolución mexicana. Todo esto llevó a Prieto Laurens a vivir más de una década en el exilio en Estados Unidos.

El de Jorge Prieto Laurens es un nombre que muchos políticos mexicanos recordarían en las siguientes décadas, incluido el propio Echeverría.

Meses antes de ser nombrado al frente de la Fiscalía, Carrillo Prieto comía con un amigo cuando llegó Echeverría. El amigo los presentó. “¿Usted es el nieto de Jorge Prieto Laurens?”, le preguntó el expresidente, según recreó el diálogo el exfiscal. “No sabe cómo admiro a su abuelo… su valor civil, haber enfrentado en el Congreso al presidente”. Poco después, recibió un mensaje de que al expresidente le gustaría recibirlo en su casa.

Enterada del episodio, la mamá de Carrillo Prieto le dedicó a Echeverría el libro de memorias de Jorge Prieto y le pidió a su hijo que se lo entregara cuando lo visitara. “Nunca pude entregar el libro, desde luego que no”, dijo.

Echeverría fue exonerado por las dos masacres.

En 2007 un juez consideró que, si bien había elementos para considerar que en Tlatelolco ocurrió un genocidio, no había nada que inculpara directamente a Echeverría. El fallo fue ratificado por un tribunal en 2009.

Han pasado 50 años desde la masacre de Tlatelolco y el exfiscal piensa qué pasará por la cabeza de Echeverría. “¿No se preguntará por el llanto de mujeres, de niños; por el aullido de las víctimas?… ¿No verá hoy a México diciendo: ‘yo abrí la puerta por donde salieron los demonios que andan sueltos’?”.

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